El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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En esto llegamos a la casa; hice desensillar el caballo y dispuse que al momento lo curasen con el mayor esmero. Vinieron los albéitares, lo reconocieron, lo curaron; hice que le pusieran caballeriza separada, la mandé asear y que se le echara mucho maíz y cebada, y destiné un mozo para que lo cuidara prolijamente. Todo esto fue delante del misántropo, quien, admirado del cuidado que me debía su bestia, me dijo:

–Mucho aprecia usted a los caballos.

–Más estimo a los hombres –le dije.

–¿Cómo puede ser eso –me dijo–, cuando no ha veinte minutos que me aseguró usted que los aborrecía?

–Así es –le contesté–; aborrezco a los hombres malos, o más bien las maldades de los hombres, pero a los hombres buenos como usted los amo entrañablemente, los deseo servir en cuanto puedo, y cuanto más infelices son, más los amo y más me intereso en sus alivios.

Al oír estas palabras, que pronuncié con el posible entusiasmo, advertí no sé qué agradable mutación en la frente del misántropo, y sin dar lugar a reflexiones lo metimos a mi sala, donde tomamos chocolate, dulce y agua.


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