El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Concluido el parco refresco, me preguntó mis desgracias: yo le supliqué me refiriera las suyas, y él, procediendo con mucha cortesía, se determinó a darme gusto, a tiempo que un mozo avisó que buscaban a don Hilario. Salió éste, y entre tanto el misántropo me dijo:
–Es muy larga mi historia para contársela con la brevedad que deseo; pero sepa usted que yo, lejos de deber ningún beneficio a los hombres, de cuantos he tratado he recibido mil males. Algunos mortales numeran entre sus primeros favorecedores a sus padres, gloriándose de ellos justamente, y teniendo sus favores por justísimos y necesarios; mas yo,
¡infeliz de mí!, no puedo lisonjear mi memoria con las caricias paternales como todos, porque no conocí a mi cruel padre, ni aun supe cómo era mi indigna madre. No se escandalice usted con estas duras expresiones hasta saber los motivos que tengo para proferirlas.
A este tiempo entró mi cajero muy contento, y aunque quise que me descubriera el motivo de su gusto, no lo pude conseguir, pues me dijo que acabaría de oír al misántropo y luego me daría una nueva que no podía menos de darme gusto.
Ved aquí excitada mi curiosidad con dos motivos. El primero, por saber las aventuras del misántropo, y el segundo, por cerciorarme de la buena aventura de mi dependiente; mas como éste quería que aquél continuara, se lo rogué, y continuó de esta suerte: