El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I “Dije, señor –prosiguió el misántropo–, que tengo razón para aborrecer entre los hombres en primer lugar a mi padre y a mi madre. ¡Tales fueron conmigo de ingratos y desconocidos! Mi padre fue el marqués de Baltimore, sujeto bien conocido por su título y su riqueza. Este infame me hubo en doña Clisterna Camoëns, oriunda de Portugal. Ésta era hija de padres muy nobles, pero pobres y virtuosos. El inicuo marqués enamoró a Clisterna por satisfacer su apetito, y ésta se dejó persuadir más por su locura que por creer que se casaría con ella el marqués; porque siendo rico y de título no era fácil semejante enlace, pues ya se sabe que los ricos muy rara vez se casan con las pobres, mucho menos siendo aquéllos titulados. Ordinariamente los casamientos de los ricos se reducen a tales y tan vergonzosos pactos, que más bien se podrían celebrar en el Consulado por lo que tienen de comercio, que en el provisorato por lo que tienen de sacramento. Se consultan los caudales primero que las voluntades y calidades de los novios. No es mucho, según tal sistema, ver tan frecuentes pleitos matrimoniales originados por los enlaces que hace el interés y no la inclinación de los contrayentes. Como el marqués no enamoró a Clisterna con los fines santos que exige el matrimonio, sino por satisfacer su pasión al apetito, luego que lo contentó y ésta le dijo que estaba grávida, buscó un pretexto de aquellos que los hombres hallan fácilmente para abandonar a las mujeres, y ya no la volvió a ver ni acordarse del hijo que dejaba depositado en sus entrañas. ¿A este cruel podré amarlo ni nombrarlo con el tierno nombre de padre? La tal Clisterna tuvo harta habilidad para disimular el entumecimiento de su vientre, haciendo pasar sus bascas y achaques por otra enfermedad de su sexo, con los auxilios de un médico y una criada que había terciado en sus amores. No se descuidó en tomar cuantos estimulantes pudo para abortar, pero el cielo no permitió se lograran sus inicuos intentos. Se llegó al plazo natural en que debía yo ver la luz del mundo. El parto fue feliz, porque Clisterna no padeció mucho, y prontamente se halló desembarazada de mí, y libre del riesgo de que, por entonces, se descubriera su liviandad. Inmediatamente me envolvió en unos trapos, me puso un papel que decía que era hijo de buenos padres y que no estaba bautizado, y me entregó a su confidenta para que me sacara de casa. ¿Merecerá esta cruel el tierno nombre de madre? ¿Será digna de mi amor y gratitud? ¡Ah, mujer impía! Tú, con escándalo de las fieras y con horror de la naturaleza, apenas contra tu voluntad me pariste, cuando me arrojaste de tu casa. Te avergonzaste de parecer madre, pero depusiste el rubor para serlo. Ningún respeto te contuvo para prostituirte y concebirme; pero para parirme, ¡cuántos!; para criarme a tus pechos, ¡qué imposibles! Nada tengo que agradecerte, mujer inicua, y mucho por qué odiarte mientras me dure la vida, esta vida de que tantas veces me quisiste privar con