El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I “Avergonzándose, pidiendo prestado, endrogándose, vendiendo y empeñando cuanto poco tenían, lograron criarme, educarme, darme estudios y hacerme hombre; y yo tuve la dulce satisfacción, después que me vi colocado con un regular sueldo en una oficina, de mantenerlos, chiquearlos, asistirlos en su enfermedad y cerrar los ojos de cada uno con el verdadero cariño de hijo.
“Ellos me contaron del cruel marqués y de la impía Clisterna todo lo que os he dicho, después que, al cabo de tiempo, lo supieron de boca de la misma criada, de quien tan ciega confianza hizo Clisterna. Al referírmelo me estrechaban en sus brazos; si me veían contento, se alegraban; si triste, se compungían y no sabían cómo alegrarme; si enfermo, me atendían con el mayor esmero, y jamás me nombraron sino con el amable epíteto de hijo; ni yo podía tratarlos sino de padres, y de este mismo modo los amaba... ¡Ay, señores!
¿Y no tuve razón de hacerlo así? Ellos desempeñaron por caridad las obligaciones que la naturaleza impuso a mis legítimos padres. Mi padre suplió las veces del marqués de Baltimore, hombre indigno, no sólo del título de marqués, sino de ser contado entre los hombres de bien. Su esposa desempeñó muy bien el oficio de Clisterna, mujer tirana a quien jamás daré el amable y tierno nombre de madre.