El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I “Voy por la posta –dijo el enfermo–; ya es tiempo de que no te apartes de mi cabecera, te lo ruego encarecidamente; no porque tenga miedo de los diablos, visiones ni fantasmas que dicen que se aparecen a esta hora a los moribundos. Sé que el pensar que todos los que mueren ven estos espectros es una vulgaridad, porque Dios no necesita valerse de estos títeres aéreos para castigar ni aterrorizar al pecador. La mala conciencia y los remordimientos de ella en esta hora son los únicos demonios y espantajos que mira el alma, confundida con el recuerdo de su mala vida, su ninguna penitencia y el temor servil de un Dios irritado y justiciero; lo demás son creederas del vulgo necio. Para lo que quiero que estés conmigo, es para que me impartas los auxilios necesarios en esta hora y derrames en mi corazón el suave bálsamo de tus exhortaciones y consuelos. No te apartes de mí hasta que expire, no sea que entre aquí algún devoto o devota que con el Ramillete u otro formulario semejante me empiece a jesusear, machacándome el alma con su frialdad y sonsonete, y quebrándome la cabeza con sus gritos desaforados. No quiero decir que no me digan Jesús, ni Dios permita que yo hablara tal idioma. Sé muy bien que este dulce nombre es sobre todo nombre; que a su invocación el cielo se goza, la tierra se humilla y el infierno tiembla; pero lo que no quiero es que se me plante a la cabecera algún buen hombre con un librito de los que te digo; que tal vez empiece a deletrear, y no pudiendo, tome la ordinaria cantinela de, Jesús te ayude, Jesús te ampare, Jesús fe favorezca, no saliendo de eso para nada, y que conociendo él mismo su frialdad quiera inspirarme fervor a fuerza de gritos,