El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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“Después que hagas esta explicación a las viejas, adviérteles que el agonizante ya no tiene fuerza, y acaso ni conocimiento para apretar la lengua; de consiguiente, cuanto le echan en la boca se va al pulmón, y si no tose, es o por que esta entraña está dañada, o porque ya no tiene fuerza para sacudir, con lo que expira el enfermo más breve. Diles todo esto, y que lo más seguro es humedecerles la boca con unos algodones mojados; aunque todas estas diligencias son más para consuelo de los asistentes que para alivio de los enfermos.

“En fin, Pelayo, por vida tuya haz que velen mi cadáver dos días, y no le den sepultura hasta que no estén bien satisfechos de que estoy verdaderamente muerto, pues no quiero ir a acabar de morir al camposanto como han ido tantos, especialmente mujeres parturientas,

que, no teniendo sino un largo síncope, han muerto antes de tiempo, y los han enterrado vivos la precipitación de los dolientes.”

Acabó don Pedro de hablar con el padre confesor estas cosas, y me dijo:

–Compadre, ya me siento demasiado débil; creo que se acerca la hora de la partida; haz llamar al vecino don Agapito (que era un excelente músico), y dile que ya es tiempo de que haga lo que le he prevenido.


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