El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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-En efecto, hijo, yo conozco varios vicarios imbuidos en la detestable máxima que te han inspirado de que no es menester saber mucho para ser sacerdotes, y he visto, por desgracia, que algunos han soltado el acolote para tomar el cáliz, o se han desnudado la pechera de arrieros para vestirse la casulla, se han echado con las petacas y se han metido a lo que no eran llamados; pero no creas tú, Pedro, que una mal mascada gramática y un mal digerido moral bastan, como piensas, para ser buenos sacerdotes y ejercer dignamente el terrible cargo de cura de almas. Muy bien sé que hubo tiempos en que (como nos refiere el abate Andrés en su Historia de la Literatura) decayeron las ciencias en Europa en tanto grado, que el que sabía leer y escribir tenía cuanto necesitaba para ser sacerdote, y si, por fortuna, sabía algo del canto llano, entonces pasaba plaza de doctor; pero ¿quién duda de la santa Iglesia no se afligiría por esta tan general ignorancia, y que condescendería con la ineptitud de estos ministros por la oscuridad del siglo por la inopia de sujetos idóneos, y porque el pueblo no careciera del pasto espiritual; y así, a trueque de que sus hijos no perecieran de hambre, teniendo por la gracia de Jesucristo, el pan tan abundante, tenía que fiar con dolor su repartimiento a unas manos groseras y que encomendar, a más no poder, la administración de la viña del Señor a unos operarios imperitos? Pero así como en aquel tiempo hubiera sido un error grosero decir que sobra con saber leer para hacerse alguno digno de los sagrados órdenes, por más que así sucediera, de la misma manera lo es hoy asegurar que para obtener tan alta dignidad sobra con una poca de gramática y otro poco de moral, por más que muchos no tengan más ciencias cuando se ordenan; pues tenemos evidentes testimonios de que la Iglesia lo tolera, mas no lo quiere. Todo lo contrario; siempre ha deseado que los ministros del altar estén plenamente dotados de ciencia y virtud. El sagrado Concilio de Trento manda: que los ordenados sepan la lengua latina, que estén instruidos en las letras; desea que crezca en ellos con la edad el mérito y la mayor instrucción; manda que sean idóneos para administrar los sacramentos y enseñar al pueblo, y, por último, manda establecer los seminarios, donde siempre haya un número de jóvenes que se instruyan en la disciplina eclesiástica, los que quiere que aprendan gramática, canto, cómputo eclesiástico y otras facultades útiles y honestas; que tomen de memoria la Sagrada Escritura, los libros eclesiásticos, homilías de los santos y las fórmulas de administrar los sacramentos, en especial lo que conduce a oír las confesiones, y las de los demás ritos y ceremonias. De suerte que estos colegios sean unos perennes planteles de ministros de Dios. (Ses. 23, caps.: 11, 13, 14 y 18.) Conque ya ves, hijo mío, cómo la santa Iglesia quiere, y siempre ha querido, que sus ministros estén dotados de la mayor sabiduría, y justamente; porque tú sabes qué cosa es y debe ser un sacerdote? Seguramente que no.


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