El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -¿Sabe que aquí no ha de venir a holgar ni a divertirse, sino a trabajar y a estar ocupado todo el día?
-Sí, padre.
Y “sí, padre”, y “sí, padre”, respondí a setenta sabes que me pregunto que ya pensaba yo que era llegada mi hora y me estaban sacramentando; y todo este examen paró en que me dio mi patente allí mismo, advirtiéndome que fuera mi padre a verse con su Reverencia.
Tales fueron mis palabras estudiadas y mis hipocresías, que la llevó entre oreja y oreja aquel buen prelado, y formó de mí un concepto ventajoso. Ya se ve, él era bueno; yo era un
pícaro, y ya se ha dicho fácil que es que los pícaros engañen a los hombres de bien, y más si los cogen desprevenidos.
El bendito provincial, al despedirme, me abrazó y me dijo:
-Pues, hijo mío, vaya con Dios, y pídale a Su Majestad que le conserve en sus buenos propósitos, si así conviene a su mayor gloria y bien de su alma. Dígale todos los días con el mayor fervor: Confirma hoc Deus!, quod operatus es in nobis, y disponga su corazón cada día más y más para que fecundice en él la gracia del Espíritu Santo y produzca frutos óptimos de virtud.
Con esto le besé la mano y me retiré para casa.