El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I ¿Quién creerá que cuando salí del convento sentí no sé qué de bueno en mí, que me parecía que deveras tenía yo vocación de ser religioso? No se me olvidaba aquel aspecto venerable del anciano prelado, aquellas palabras tan llenas de unción y penetrantes que tanto eco hicieron en mi corazón, aquella su prudencia, aquel su carácter amable, y aquel todo hechicero de la verdadera virtud, capaz de enamorar al mismo vicio.
-En efecto -yo decía entre mí-, ¿qué mano que hubiera nacido para fraile, que no lo hubiera advertido, y Dios quisiera haberse valido de este accidente para reducirme y meterme en el camino que me conviene? No hay duda; así debe ser. Yo me acuerdo haber oído decir que Dios hace renglones derechos con pautas torcidas, y éste ha de ser uno de ellos, sin remedio.
Estos y semejantes discursos ocupaban mi imaginación en el camino del convento a mi casa.
Luego que llegué a ella, me entré a ver a mi madre, y le conté cuanto me había pasado, manifestándole la patente de admitido en el convento de San Diego. De que mi madre la vio, no sé cómo no se volvió loca de gusto, creyendo que yo era un joven muy bueno y que cuando menos sería yo otro San Felipe de Jesús.
No hay que dudar ni que admirarse de esta sorpresa de mi madre, pues si mis maldades le parecían gracias, mi virtud tan al vivo, ¿qué le parecería?