El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Yo no dejé de incomodarme, como que no estaba acostumbrado a que me regañaran mucho; pero no osé replicar una palabra. Me calé la capilla y marché a continuar la limpieza de mi santo cuartel.
Llegó la hora bendita del refectorio, y aunque la comida era de comunidad, a mí me pareció bajada del cielo, como que a buen hambre no hay mal pan.
En fin, me fui acostumbrando poco a poco a sufrir los trabajos de fraile y el encierro de novicio, manteniendo el estómago debilitado, consolando a mis ojos soñolientos, animando mis miembros fatigados con el trabajo y tolerando las demás penalidades de la religión, con la esperanza de que en cumpliendo seis meses, fingiría una enfermedad y me volvería a mis ajos y coles, que había dejado en la calle.
Esta esperanza se avaloraba con la vista de mi padre de cuando en cuando; pero más y más con los siempre cristianos, prudentes y caritativos consejos de mis dos mentores Januario y Pelayo, que solían visitarme con licencia del padre maestro de novicios, a quien mi Padre los había recomendado.
Uno me decía: