El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Acción que elogió Cicerón, y la aplaudieron tanto los romanos, que veneraron como a dioses a aquellos dos tan reverentes hijos.

¡Qué piedad la de Eneas, que ardiendo la ciudad de Troya en la noche fatal de su exterminio, cuando todo era espanto, terror y confusión, y no tratando todos sino de librarse

de la muerte, él corre donde estaba su viejo padre Anchises, lo pone sobre sus hombros, vuela con él por entre las llamas, y le asegura la vida, diciéndole: Ea, ven a mi cerviz, que yo en mis hombros

te tengo de librar, ¡oh padre amado!,

sin que tan dulce carga en ningún tiempo

me agrave ni la estime por trabajo.

Sea después lo que fuere, que hora el riesgo

o la dicha será común a entrambos.

Estos heroicos ejemplos ¿no embelesan, no encantan, no enternecen a los buenos hijos? Y

a los malos ¿no los avergüenzan y confunden? Estas brillantes acciones no fueron hechas por unos santos cristianos, ni por unos anacoretas del yermo, sino por unos gentiles, por unos paganos que no gozaron la luz del Evangelio, ni tuvieron noticia de sus infalibles promesas, y, sin embargo, amaban, veneraban y socorrían a sus padres hasta el extremo que habéis visto, sin más guía que Naturaleza, y sin más interés que la complacencia interior, que es uno de los frutos de la virtud.


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