El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Se despidió a poco rato y nos fuimos.

En la calle me dijo:

-¿Qué te parece de este mono? ¡Quién no lo hubiera conocido! Ahora, porque está ordenado de Evangelio, quiere hacer del formal y arreglado; pero a otro perro con ese hueso, que ya sabemos que todas ésas son hipocresías.

Yo le corté la conversación, porque me repugnaba murmurar algunas veces, y nos fuimos a otras visitas, donde nos recibieron mejor, y aun nos dieron de almorzar.

Así se pasó la mañana hasta que dieron las doce, a cuya hora nos fuimos al mesón; sacamos veinticinco pesos del puntero, y nos fuimos al juego.

En el camino dije a Januario:

-Hombre, si van los payos, donde nos acierten un albur, nos lleva Judas.

-No nos llevará -me dijo-, ¡ojalá vayan! ¿Pues tú piensas que está en ellos el errar o acertar? No, hijo, está en mis manos. Yo los conozco y sé que juegan la apretada figura; y así les amarro los albures de manera que si ponen poco, dejo que venga la figura; y si ponen harto, se las subo al lomo del naipe. Eso malo tiene el jugar cartas de afición o una regla fija.

-¿Pues qué, tiene reglas el juego? -le pregunté.

Y me dijo:


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