El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Fuése mi amigo, y yo pasé tristísimo lo restante de la tarde sintiendo su abandono y temiendo una funesta desgracia. A las nueve de la noche no cabía yo en mí, extrañando al compañero, y al modo de los enamorados, me salí a rondarlo por aquella calle donde me dijo que vivía la viuda.
Embutido en una puerta y oculto a merced del poco alumbrado de la calle, observé que como a las diez y media llegaron a la casa destinada al robo dos bultos, que al momento conocí eran Januario y el Pípilo: abrieron con mucho silencio; emparejaron la puerta, y yo me fui con disimulo a encender un cigarro en la vela del farol del sereno que estaba sentado en la esquina.
Luego que llegué lo saludé con mucha cortesía; él me correspondió con la misma, le di un cigarro, encendí el mío, y apenas empezaba yo a enredar conversación con él esperando el resultado de mi amigo, cuando oímos abrir un balcón y dar unos gritos terribles a una muchacha que sin duda fue la criada de la viuda:
-¡Señor sereno, señor guarda, ladrones; corra usted, por Dios, que nos matan!
Así gritaba la muchacha, pero muy seguido y muy recio. El guarda luego luego se levantó, chifló lo mejor que pudo, y echó unas cuantas bendiciones con su farol en medio de las bocacalles para llamar a sus compañeros, y me dijo:
-Amigo, déme usted auxilio; tome mi farol y vamos.