El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Cogí el farol, y él se terció su capotito y enarboló su chuzo; pero mientras hizo estas diligencias, se escaparon los ladrones. El Pípilo, a quien conocí por su sombrero blanco, pasó casi junto a mí, y por más que corrió el sereno y yo (que también hice que corría), fue incapaz de darle alcance, porque le nacieron alas en los pies. No le valió al sereno gritar:
“¡Atájenlo, atájenlo!”, pues aquellas calles son poco acompañadas de noche y no había muchos atajadores.
Ello es que el Pípilo se escapó, y con menos susto Januario, que tomó por la otra bocacalle, por donde no hubo sereno ni quien lo molestara para nada.
Entre tanto llegaron otros dos guardas, y casi tras ellos una patrulla. La muchacha todavía no cesaba de dar gritos en el balcón pidiendo “un padre”, asegurando que habían matado a su ama. A sus voces acudimos todos y entramos en la casa.
Lo primero que encontramos fue a la dicha muchacha llorando en el corredor, diciéndonos:
-¡Ay, señores, un padre y un médico, que ya mataron a mi ama esos indignos!
El sargento de la patrulla, con dos soldados, los serenos y yo, que no dejaba el farol de la mano, entramos a la recámara donde estaba la señora tirada en su cama, la cual estaba llena de sangre y ella sin dar muestras de vida.