El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Concluida esta diligencia y vuelta en sí del desmayo, llamó el sargento a la criada para que viera lo que faltaba en la casa. Ella la registró, y dijo que no faltaba más que el cubierto con que estaba cenando su ama, y el hilito de perlas que tenía en el cuello, porque luego que uno de los ladrones cargó con ella para la cama, el otro se embolsó el cubierto; y sin ser bastante o sin advertir a detener a la que daba esta razón, salió al balcón y comenzó a gritar al sereno, a cuyos gritos no hicieron los ladrones más que salirse a la calle corriendo.
Yo estaba con el farol en la mano, desembozado el sarape y con aquella serenidad que infunde la inocencia; pero la malvada moza, mientras estaba dando esta razón, no me quitaba un instante la vista repasándome de arriba abajo. Yo lo advertí, pero no se me daba nada, atribuyéndolo a que no le parecía muy malote.
Preguntóle el sargento si conocía a alguno de los ladrones, y ella respondió:
-Sí, señor; conozco a uno que se llama señor Januario, y le dicen por mal nombre Juan Largo, y no sale de este truquito de aquí a la vuelta, y este señor lo ha de conocer mejor que yo.
A ese tiempo me señaló, y yo quedé mortal, como suelen decir. El sargento advirtió mi turbación y me dijo: