El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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-Sí, amigo, la muchacha tiene razón sin duda. Usted se ha inmutado demasiado, y la misma culpa lo está acusando. ¿Usted será quizá el sereno de esta calle?

-No, señor -le dije yo-; antes, cuando la señora salió al balcón a gritar, estaba yo chupando un cigarro con el sereno, y nosotros fuimos los primeros que vinimos a dar el auxilio. Que lo diga el señor.

Entonces el sereno confirmó mi verdad; pero el sargento, en vez de convencerse, prosiguió:

-Sí, sí; tan buena maula será usted como el sereno. ¿Serenos? ¡Ah, ahorcados los vea yo a todos por alcahuetes de los ladrones! Si éstos no tuvieran las espaldas seguras con ustedes, si ustedes no se emborracharan, o se durmieran, o se alejaran de sus puestos, era imposible que hubiera tantos robos.

El sereno se apuraba y juraba atestiguando conmigo que no estaba retirado ni durmiendo; pero el sargento no le hizo caso, sino que preguntó a la muchacha:

-¿Y tú, hija, en qué te fundas para asegurar que éste conoce al ladrón?


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