El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Durante el juego, yo me había estado en un rincón, envuelto en mi sarape, y rezando el rosario con una devoción que tiempo había que no lo rezaba; ya se ve; ¿qué navegante no hace votos al tiempo de la borrasca?
Las maldiciones, juramentos y palabrotas indecentes que aquella familia mezclaba con las disputas del juego eran innumerables y horrorosas, y tanto, que aunque para mis oídos no eran nuevas, no dejaban de escandalizarme demasiado. Yo estaba prostituido, pero sentía una genial repugnancia y hastío en estas cosas. No sé qué tiene la buena educación en la niñez, que en la más desbocada carrera de los vicios suele servir de un freno poderoso que nos contiene, y ¡desdichado de aquel que en todas ocasiones se acostumbra a prescindir de sus principios!
Así que cenaron, cada uno fue haciendo su cama como pudo, y yo, que no tenía petate ni cosa que lo valiera, viendo la irremediable, doblé mi sarape haciendo de él colchón y cubierta, y de mi sombrero almohada.
Habiéndose acostado mis concubicularios, comenzaron a burlarse de mí con espacio, diciéndome:
-¿Conque, amigo, también usted ha caído en esta ratonera por cucharero? ¡Buena cosa!
¿Conque también los señores españoles son ladrones? ¡Y luego dicen que eso de robar se queda para la gente ruin!