El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Por mi desgracia, entre tanto hijo de su madre como estaba encerrado en aquel sótano, no había otro blanco más que yo, pues todos eran indios, negros, lobos, mulatos y castas, motivo suficiente para ser en la realidad, como fui, el blanco de sus pesadas burlas.
Como a las seis de la tarde, encendieron una velita, a cuya triste luz se juntaron en rueda todos aquellos mis señores, y sacando uno de ellos sus asquerosos naipes, comenzaron a jugar lo que tenían.
Me llamaron a acompañarlos, pero como yo no tenía ni un ochavo, me excusé confesando lisa y llanamente la debilidad de mi bolsa; mas ellos no lo quisieron creer, antes se persuadieron a que o era una ruindad mía o vanidad.
Jugaron como hasta las nueve, hora en que ya apenas tenía la vela cuatro dedos, y no había otra; y así, determinaron cenar y acostarse.
Se deshizo la rueda y comenzaron a calentar sus ollitas de alverjones en un pequeño brasero que ardía con cisco de carbón.
Yo esperaba algún piadoso que me convidara a cenar, así como me convidó don Antonio a comer; pero fue vana mi esperanza, porque aquellos pobres todos parecían de buen diente y mal comidos, según que se engullían sus alverjones casi fríos.