El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Finalmente, tanto hizo y dijo el pícaro mulatillo, que yo, que poco había menester, me convencí y empeñé en cinco pesos unos calzones de paño azul muy buenos, con botones de plata, que había en la caja, y nos fuimos a poner el montecito sin perder tiempo. Como moscas a la miel, acudieron todos los pillos enfrazadados a jugar. Se sentaron a la redonda, y comenzó mi amigo a barajar, y yo a pagar alegremente.
En verdad que era fullero el Aguilucho, pero no tan diestro como decía; porque en un albur que iba interesado con cosa de doce reales, hizo una deslomada tan tosca y a las claras, que todos se la conocieron, y comenzando por el dueño de la apuesta, amparándolo sus amigos, y al montero los suyos, se encendió la cosa de tal modo que en un instante llegamos a las manos, y hechos un nudo unos sobre otros, caímos sobre la carpeta del juego, dándonos terribles puñetes, y algunos de amigos, pues como estábamos tan juntos y ciegos de la cólera, los repartíamos sin la mejor puntería, y solíamos dar el mejor mojicón al mayor amigo. A mí, por cierto, me dio uno tan feroz el Aguilucho que me bañó en sangre, y fue tal el dolor que sentí que pensé que había escupido los sesos por las narices.
El alboroto del patio fue tan grande, que ni el presidente podía contenerlo con su látigo, hasta que llegó el alcaide, y como no era de los peores, nos sosegamos por su respeto.