El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Luego que nos serenamos, y estando yo en mi departamento, me fue a buscar mi compañero el Aguilucho, quien como acostumbrado a estas pendencias en la cárcel y fuera de ella, estaba más fresco que yo, y así con mucha sorna me preguntó cómo me había ido de campaña.

-De los diablos -le respondí-; todos los dientes tengo flojos y las narices quebradas, siendo lo más sensible para mí que tú fuiste quien me hizo tan gran favor.

-Yo no lo sé -dijo el mulatillo-, pero no lo niego, que cuando me enojo no atiendo cómo ni a quién reparto mis cariños. Ya viste que aquellos malditos casi me tenían con la cara cosida contra el suelo, y así yo no veía adonde dirigía la mano. Sin embargo, perdóname, hermano, que no lo hice a mal hacer. ¿Y es mucha la sangre que has echado?

-No había de haber sido tanta -le respondí-, sobre que hasta desvanecido estoy.

-No le hace añadió él-. Sábete que no hay mal que por bien no venga, y regularmente un trompón de éstos bien dado, de cuando en cuando, es demasiado provechoso a la salud; porque son unas sangrías copiosas y baratas que nos desahogan las cabezas y nos precaven de una fiebre.


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