El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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-Maldito seas tú y tu remedio condenado -le dije-, y será mejor que en la vida no me apliques otra semejante sangría. Pero dime: ¿cómo salimos de monedas? Porque será la del diablo que después de sangrados y magullados hayamos salido sin blanca.

-Eso sí que no -me respondió mi camarada-; las tripas hubiera dejado en manos de mis enemigos primero que un real. Luego que vi que nos comenzamos a enojar, procuré afianzar la plata, de suerte que cuando el general tocó a embestir, ya los medios estaban bien asegurados.

-¿Y dónde? -Le pregunté-; porque tú no tienes chupa, ni camisa, ni calzones, ni cosa que lo valga. Conque ¿dónde los escondiste tan presto?

-En la pretina de los calzones blancos -me contestó-, y entre el ceñidor, y por acabar esa maniobra, me pusieron como viste, que si desde el principio del pleito me cogen con ambas manos francas, otro gallo les cantara a esos tales; pero no somos viejos y sobran días en el año.

-Vaya, deja esos rencores –le dije-; a ver lo que me toca, porque ya me muero de hambre y quisiera mandar traer de almorzar.

-Ya está corrida esa diligencia -me contestó el Aguilucho-, y por señas que ahí viene tío Chepito el mandadero con el almuerzo.


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