El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Ese día no hubo planas, ni lección, ni rezo, ni doctrina, ni cosa que lo valiera. Nosotros participamos de su pesadumbre e hicimos el duelo a su tristeza en el modo que pudimos, pues arrinconamos las planas y los libros, y no osamos levantar la voz para nada. Bien es, que por no perder la costumbre, retozamos y charlamos en secreto hasta que dieron las doce, a cuya primera campanada volvió mi maestro en sí; rezó con nosotros, y luego que nos echó su bendición, nos dijo, con un tono bastante tierno:
-Hijos míos, yo no trato de proseguir en un destino que, lejos de darme qué comer, me da disgusto. Ya habéis visto el lance que me acaba de pasar con ese padre; Dios le perdone el mal rato que me ha dado; pero yo no me expondré a otro igual, y así no vengáis a la tarde; avisad a vuestros padres que estoy enfermo y ya no abro la escuela. Conque hijos, vayan norabuena y encomiéndenme a Dios.
No dejamos de afligirnos algún tanto, ni dejaron nuestros ojos de manifestar nuestro pesar, porque, en efecto, sentíamos a mi maestro como que, magüer tontos, conocíamos que no
podíamos encontrar maestro más suave si lo mandábamos hacer de mantequilla o mazapán: pero, en fin, nos fuimos.