El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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-Pues si sólo por eso lo hace -dijo Andresillo-, muchos hermanos debe usted tener en el mundo, porque hay muchos flojos de nuestro mismo gusto; pero sepa usted que a mí lo que me hace, no es el oficio, sino dos cosas: la una, que no me lo enseñan, y la otra, el genio que tiene la maldita vieja de la maestra; que si eso no fuera, yo estuviera contento en la casa, porque el maestro no puede ser mejor.

-Así es -dije yo-. Es la vieja el mismo diablo, y su genio es enteramente opuesto al de don Agustín, pues éste es prudente, liberal y atento, y la vieja condenada es majadera, regañona y mezquina como Judas. Ya se ve, ¿qué cosa buena ha de hacer con su cara de sábana encarrujada y su boca de chancleta?

Hemos de advertir que la casa era una accesoria con un altito de éstas que llaman de taza y plato, y nosotros no habíamos atendido a que la dicha maestra nos escuchaba, como nos escuchó toda la conversación, hasta que yo comencé a loarla en los términos que van referidos, e irritada justamente contra mí, cogió con todo silencio una olla de agua hirviendo que tenía en el brasero y me la volcó a plomo en la cabeza, diciéndome:

-¡Pues, maldito, mal agradecido, fuera de mi casa, que yo no quiero en ella arrimados que vengan a hablar de mí!


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