El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I No sé si habló algo más, porque quedé sordo y ciego del dolor y de la cólera. Andrés, temiendo otro baño peor, y escarmentado en mi cabeza, huyó para la calle. Yo, rabiando y todo pelado, subí la escalerita de palo con ánimo de desmechar a la vieja, topara en lo que topara, y después marcharme como Andrés; pero esta condenada era varonil y resuelta, y así luego que me vio arriba, tomó el cuchillo del brasero y se fue sobre mí con el mayor denuedo, y hablando medias palabras de cólera, me decía:
-¡Ah, grandísimo bellaco atrevido! Ahora te enseñaré...
Yo no pude oír qué me quería enseñar ni me quise quedar a aprender la lección, sino que volví la grupa con la mayor ligereza, y fue con tal desgracia, que tropezando con un perrillo
bajé la escalera más presto que la había subido y del más extraño modo, porque la bajé de cabeza, magullándome las costillas.
La vieja estaba hecha un chile contra mí. No se compadeció ni se detuvo por mi desgracia, sino que bajó detrás de mí como un rayo con el cuchillo en la mano, y tan determinada, que hasta ahora pienso que si me hubiera cogido, me mata sin duda alguna; pero quiso Dios darme valor para correr, y en cuatro brincos me puse cuatro cuadras lejos de su furor.