El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I La gravedad y entono con que yo me manifestaba al público, los términos exóticos y pedantes de que usaba, lo caro que vendía mis drogas, el misterio con que ocultaba sus nombres, lo mucho que adulaba a los que tenían proporciones, lo caro que vendía mis respuestas a los pobres y las buenas ausencias que me hacía Andrés, contribuyeron a dilatar la fama de mi buen nombre entre los más.
A medida de lo que crecía mi crédito, se aumentaban mis monedas, y a proporción de lo que éstas se aumentaban, crecían mi orgullo, mi interés y mi soberbia. A los pobres que, porque no tenían con qué pagarme, iban a mi casa, los trataba ásperamente, los regañaba y los despachaba desconsolados. A los que me pagaban dos reales por una visita los trataba casi del mismo modo, porque más duraría un cohete ardiendo que lo que yo duraba en sus casas. Es verdad que aunque me hubiera dilatado una hora no por eso quedarían mejor curados, puesto que yo no era sino un charlatán con apariencias de médico; pero como el infeliz paciente no sabe cuánta es la suficiencia del médico o del que juzga por tal, se consuela cuando observa que se dilata en preguntar la causa de su mal y en indagar, así por sus oídos como por sus ojos, su edad, su estado, su ejercicio, su constitución y otras cosas que a los médicos como yo parecen menudencias, y no son sino noticias muy interesantes para los verdaderos facultativos.