El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I A este tiempo fueron llegando de uno en uno y de dos en dos hasta ocho o nueve vagabundos, todos rotos, sucios, emparchados y dados al diablo; pero lo que más me admiró fue ver que conforme iban entrando arrimaban unos sus muletas a un rincón y andaban muy bien con sus dos pies; otros se quitaban los parches que manifestaban y quedaban con su cutis limpio y sano; otros se quitaban unas grandes y pobladas barbas y cabelleras canas con las que me habían parecido viejos, y quedaban de una edad regular; otros se enderezaban o desencorvaban al entrar, y todos dejaban en la puerta del cuartito sus enfermedades y males, y aparecían los hombres y aun una mujer que entró, muy útiles para tomar el fusil, y ella para moler un almud de maíz en un metate. Entonces, lleno de la más justa admiración, le dije a mi desastrado amigo:
-¿Qué es esto? ¿Es usted algún santo cuya sola presencia obra los milagros que yo veo, pues aquí todos llegan cojos, ciegos, mancos, tullidos, leprosos, decrépitos y lisiados, y apenas pisan los umbrales de esta asquerosa habitación, cuando se ven no sólo restituidos a
su antigua salud, sino hasta remozados, maravilla que no la he oído predicar de los santos más ponderados en milagros?