El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Rióse el despilfarrado con tantas ganas, que cada extremo de su abierta boca besaba la punta de sus orejas. Sus compañeros le hacían el bajo del mismo modo, y cuando descansaron un poco, me dijo el susodicho:
-Amigo, ni yo ni mis compañeros somos santos ni nos hemos juntado con quien lo sea, y esto créalo usted sin que lo juremos. Estos milagros que a usted pasman no los hacemos nosotros, sino los fieles cristianos, a cuya caridad nos atenemos para enfermar por las mañanas y sanar a la noche de todas nuestras dolencias. De manera que si los fieles no fueran tan piadosos, nosotros ni nos enfermaríamos ni sanaríamos con tanta facilidad.
-Pues ahora estoy más en ayunas que antes, y deseo con más ansias saber cómo se obran tantos prodigios y cómo se pueden verificar en virtud de la piedad de los cristianos, y deseara -añadí-; que usted me hiciera favor de no dejarme con la duda.
-Pues, amigo -me contestó el roto-, a bien que es usted de confianza y le importa guardar el secreto. Nosotros ni somos ciegos, ni cojos, ni corcovados como parecemos en las calles.