Vida y hechos del famoso caballero Don Catrin de la Fachenda

Vida y hechos del famoso caballero Don Catrin de la Fachenda

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Yo en ese tiempo era más humilde o tenía menos conocimiento de mi mérito, y así no pensaba en honras ni vanidades, sino en jugar todo el día, en divertirme y pasarme buena vida.

Los maestros impertinentes me reñían y me obligaban a estudiar algunos ratos, y en éstos... ¡lo que es un talento agigantado!, en estos cortos ratos que estudié a fuerza, aprendí la gramática de Nebrija y toda la latinidad de Cicerón en dos por tres; pero con tal felicidad, que era la alegría de mis condiscípulos y la emulación de mis cansados preceptores. Aquéllos reían siempre que yo construía un verso de Virgilio o de Horacio, y éstos se rebanaban las tripas de envidia al oírme hacer régimen de una oración, porque yo les hacía ver a cada paso lo limitado de sus talentos y lo excesivo del mío.

Me decían, por ejemplo, que ego, mei no tenía vocativo, y yo les decía que era fácil ponérselo y necesario el que lo tuviera, pues no teniendo vocativo, no se podrá poner en latín esta oración: «¡Oh yo, el más infeliz de los nacidos!», y poniéndole el vocativo ego, diremos: O ego infelicior natorum!, y ya está vencida esta dificultad, y se podrán vencer así iguales injusticias y mezquindades de los dramáticos antiguos.

La oposición que hice a toda gramática fue de lo más lucido; ni uno hubo que no se tendiera de risa al oírme construir aquel trilladísimo verso de Virgilio:


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