Vida y hechos del famoso caballero Don Catrin de la Fachenda
Vida y hechos del famoso caballero Don Catrin de la Fachenda —Ríe con los que ríen —me decía Tarabilla—; ¿acaso las leyes del magistrado, las reglas del fraile y los estatutos de las cofradías son lo mismo que las ordenanzas militares? No lo creas aunque te lo juren. El militar, así como en el traje, se debe diferenciar en proceder del letrado, del fraile, del oficinista, del labrador, del artesano, del comerciante, del eclesiástico y de toda clase de paisano. ¿Habrá gusto como seducir una casada, engañar a una doncella, dar cuchilladas a un fanático, burlarse de la justicia de uno de éstos que se dicen arreglados, pegar un petardo a un avariento, mofarse de un hipócrita y hablar con magisterio aun de lo que no entendemos? Vaya, Catrín, tú tienes poco mundo y no conoces el siglo ilustrado en que vives. Ríete, ríete una y mil veces de las necedades de algunos oficiales compañeros míos que procuran con sus boberías hacerte monje capuchino con cordones en el hombro. Es verdad que en el regimiento todos los quieren, que sus jefes los aprecian, que los paisanos tontos los admiten en sus casas y que ellos están envanecidos con estos obsequios aparentes; pero en realidad ¿qué son sino unos serviles complacedores del gusto de los santuchos y moralistas rígidos? Pero tú, amigo, no, no te repliegues en tan estrechos límites; ensánchate, expláyate, diviértete al modo de los que llaman libertinos: no haya muchacha que no sea víctima de tu conquista; no haya bolsa segura de tus ardides; no haya virtud libre de tu fuerza, ni religión ni ley que no atropelle tu lengua, ayudada de tu ilustradísimo talento, y entonces serás el honor de los catrines y la gloria de tu país.