Vida y hechos del famoso caballero Don Catrin de la Fachenda

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Quisieron ir al Coliseo; las llevé, y concluida la comedia fuimos a cenar y después a su casa.

Innumerables sujetos las saludaron en la calle, en el teatro y en la fonda con demasiada confianza, y yo me lisonjeaba de haberme encontrado con una hermana tan bonita y tan bienquista.

Llegamos al fin a su casa, y no me hizo fuerza que ésta fuera una triste accesoria, ni que los muebles se redujeran a un canapé destripado, a un medio petate, una memela o colchoncillo sucio y un braserito de barro en el que estaba de medio lado una ollita de a tlaco con frijoles quemados.

Ya sabía yo que esta clase de señoritas, por más lujosas que se presenten, no tienen, casi siempre, mejores casas ni ajuares.

Yo entré muy contento, y la buena de mi tía no permitió que durmiera en el canapé, porque tenía muchas chinches; y así, quise que no quise, acompañé a mi hermana porque no me tuvieran por grosero y poco civilizado.

En esa noche la instruí en el papel que debíamos todos representar con Simplicio, y al día siguiente las mudé a mi casa, después de haber pagado catorce reales que adeudaban de arrendamiento de la que tenían.

Luego que las dejé en mi cuarto, marché a buscar a mi querido amigo, a quien hallé desesperado de mi tardanza.


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