Vida y hechos del famoso caballero Don Catrin de la Fachenda

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Tomamos café y nos fuimos a casa, en donde fue Simplicio muy bien recibido de mi afligida hermana, quien le contó tantas bonanzas futuras y miserias presentes, que excitando su compasión y su avaricia, por primera visita le dejó cinco pesos, y se fue.

Ella quedó enamoradísima de la liberalidad de Simplicio, y éste lo mismo de la hermosura de Laura, que así se llamaba mi hermana.

A la tarde volvió Simplicio, y de bueno a bueno trataron de casarse luego que se ganara el pleito. Con esta confianza comenzaron a tratarse como marido y mujer, lo que no nos pareció mal ni a mí ni a la tía, pues no advertíamos la más mínima malicia en que retozaran, salieran a pasear y se divirtieran; al fin eran muchachos. Simplicio costeaba el gasto, y a todos nos granjeaba el pobrecito.

Dos meses, poco más, me pasé una vida que me la podía haber envidiado el rico más flojo y regalón, porque comía bien, dormía hasta las quinientas, no trabajaba en nada, que era lo mejor, tenía tía que me atendiera y hermana bonita que me chiqueara al pensamiento.

A más de esto, iba al café, no me faltaban cuatro reales en la bolsa, y me aprovechaba de los casi nuevos desechos de Simplicio, porque éste, a más de que era liberal, y estaba muy apasionado por Laura, era hijo de una madre con algunas proporciones, y tan amante como la mía, y le daba gusto en todo.


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