La comedia nueva
La comedia nueva DON HERMÓGENES.—Buenas tardes, señores.
DON PEDRO.—A la orden de usted. (DON PEDRO se acerca a la mesa en que está el diario; lee para sí y a veces presta atención a lo que hablan los demás).
DON ANTONIO.—Felicísimas, amigo don Hermógenes.
DON ELEUTERIO.—Digo, me parece que el señor don Hermógenes será juez muy abonado para decidir la cuestión que se trata; todo el mundo sabe su instrucción y lo que ha trabajado en los papeles periódicos, las traducciones que ha hecho del francés, sus actos literarios y sobre todo la escrupulosidad y el rigor con que censura las obras ajenas. Pues yo quiero que nos diga…
DON HERMÓGENES.—Usted me confunde con elogios que no merezco, señor don Eleuterio. Usted sólo es acreedor a toda alabanza por haber llegado a su edad juvenil al pináculo del saber. Su ingenio de usted, el más ameno de nuestros días, su profunda erudición, su delicado gusto en el arte rítmica, su…
DON ELEUTERIO.—Vaya, dejemos eso.
DON HERMÓGENES.—Su docilidad, su moderación…
DON ELEUTERIO.—Bien; pero aquí se trata solamente de saber si…
DON HERMÓGENES.—Estas prendas sí que merecen admiración y encomio.