A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Durante el mes de marzo tomó la costumbre de pasar en Filadelfia los fines de semana. Clara casi siempre estaba acompañada y nunca parecía ansiosa de verle a solas, pues se presentaron muchas ocasiones en que una sola palabra de ella habría bastado para regalarla con otra media hora de deliciosa adoración. Poco a poco se fue enamorando y empezó a pensar insensatamente en casarse. A pesar de que tal designio fluía desde su cerebro incluso hasta sus labios, se dio después cuenta de que el deseo no había echado raíces profundas. Soñó una vez que se había convertido en realidad y se despertó horrorizado porque en sus sueños había visto una Clara tonta y pálida, perdido todo el brillo de su pelo, que dejaba caer insípidas vaciedades de una lengua vacilante. Con todo, era la primera mujer delicada que había conocido y una de las pocas buenas personas que le habían interesado: de tal modo era su bondad un atractivo. Amory había decidido que las buenas personas o bien arrastraban su bondad tras ellos como una obligación o bien la transformaban en una artificiosa genialidad, sin contar con los irremediables vanidosos y fariseos (que Amory no incluía nunca entre los que habían de salvarse).
Bajo su traje gris de terciopelo
color de rosa, con burlona pena
sube y se apaga y alza su belleza
bajo su fundido y agitado pelo.