A este lado del paraiso
A este lado del paraiso El aire de ella tanto le rebosa
con sus lánguidas y breves miradas,
tan sutilmente, que apenas sabe…
risa repentina, color de rosa.
—¿Tú me aprecias?
—Naturalmente —dijo Clara, con seriedad.
—¿Por qué?
—Tenemos bastantes cualidades en común. Cosas que son espontáneas en cada uno de nosotros… o que al menos lo eran.
—¿Lo que quieres decir es que no he hecho un uso demasiado bueno de mà mismo?
Clara vaciló.
—No puedo juzgar. Un hombre tiene que pasar por muchas cosas. Yo siempre he vivido protegida.
—No te compliques, por favor, Clara —interrumpió Amory—, pero hablame algo de mÃ, ¿quieres?
—Claro que sÃ, yo adoro eso —ella no sonrió.
—Muy amable por tu parte. Pero primero responde algunas preguntas. ¿Te parece que soy terriblemente engreÃdo?
—Bueno, no; lo que tienes es una enorme vanidad, pero a la gente que se da cuenta de su preponderancia le divierte.
—Ya veo.