A este lado del paraiso
A este lado del paraiso —Realmente tienes un corazón humilde. Y te hundes en el último infierno de la depresión cuando crees que te desprecian. En verdad no tienes mucho respeto por ti mismo.
—Has dado dos veces en el clavo, Clara. ¿Cómo te las arreglas? Nunca me dejas decir una palabra.
—Claro que no, no puedo juzgar a un hombre si está hablando. Pero no he terminado; la razón de tu poca confianza en ti mismo, por mucho que digas con toda seriedad, al primer fariseo que veas, que te crees un genio, es que te atribuyes toda clase de faltas atroces y tienes que vivir a la altura de ellas. Por ejemplo, siempre andas diciendo que eres un esclavo de la bebida.
—Y lo soy, potencialmente.
—Y también dices que eres un hombre débil de carácter, sin voluntad.
—Ni un asomo de voluntad; soy un esclavo de mis emociones, de mis gustos, de mi horror al aburrimiento, de mis deseos…
—¡Qué vas a serlo! —se golpeaba los puños—. Tú eres un esclavo, un esclavo indefenso, de una única cosa: tu imaginación.
—La verdad es que me interesas mucho. Continúa si no te aburre.