A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Pero como el vals se introdujo mucho antes, tachó aquello.
—Y titulado Un canto del tiempo del orden —llegó la voz zumbante y lejana del profesor—: «Tiempo de orden». ¡Dios mÃo! Todo amontonado en la caja, y los Victorianos, sentados sobre la tapa, sonriendo con serenidad… Y Browning en su villa italiana gritando con valentÃa: «Todo para los mejores».
Amory garabateó de nuevo.
Os arrodillasteis en el templo, y él se reclinó a escucharos.
Le agradecisteis sus «gloriosos triunfos», le reprochasteis su «Cathay».
¿Por qué no serÃa capaz de hacer más que un par de versos?
Ahora necesitaba algo que rimase con:
Le pusisteis a la cabeza de la ciencia porque antes se habÃa equivocado…
¡Vaya, vaya! De todos modos…
Vuelves con los niños a casa. «Ya estoy de vuelta», gritas.
Y tras cincuenta años en Europa, virtuosamente, te mueres.