El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Varios años —contestó, complacido—. Tuve el placer de conocerlo recién acabada la guerra. Pero supe que habÃa descubierto a un hombre de excelente crianza después de hablar con él una hora. Me dije: «Este es el tipo de hombre al que llevarÃas encantado a casa y le presentarÃas a tu madre y a tu hermana». —Hizo una pausa—. Veo que está mirando mis gemelos.
Yo no estaba mirando los gemelos, pero los miré entonces. Estaban hechos con piezas de marfil extrañamente familiares.
—Los mejores ejemplares de molares humanos —me informó.
—¡No me diga! —los examiné—. Es una idea muy interesante.
—SÃ. —Se cubrió de un tirón los puños de la camisa con las mangas de la chaqueta—. SÃ, Gatsby es muy respetuoso con las mujeres. Ni se atreverÃa a mirar a la mujer de un amigo.
Cuando el merecedor de aquella confianza instintiva volvió y se sentó a la mesa, mister Wolfshiem se bebió el café de un tirón y se levantó.
—Ha sido un placer comer con ustedes —dijo—, pero voy a dejarlos. Son jóvenes y no quiero que me consideren un pesado.
—No tengas prisa, Meyer —dijo Gatsby, sin entusiasmo. Mister Wolfshiem levantó la mano en una especie de bendición.