El Gran Gatsby
El Gran Gatsby La idea me dejó estupefacto. Recordaba, por supuesto, que en 1919 amañaron el campeonato, pero, si hubiera pensado en el asunto, me habría parecido algo que pasó simplemente, el eslabón final de una cadena inevitable. No se me hubiera ocurrido nunca que un hombre pudiera jugar con la buena fe de cincuenta millones de personas con la determinación de un ladrón que revienta una caja fuerte.
—¿Cómo se le ocurrió hacer una cosa así? —pregunté.
—Se le presentó la oportunidad.
—¿Por qué no está en la cárcel?
—No lo pueden coger, compañero. Es listo.
Insistí en pagar la cuenta. Cuando el camarero me dio el cambio, descubrí a Tom Buchanan al fondo del local abarrotado.
—Acompáñame un momento —dije—. Tengo que saludar a alguien.
Tom nos vio, se levantó y dio unos pasos hacia nosotros.
—¿Dónde te has metido? —preguntó con calor—. Daisy está furiosa porque no nos has llamado.
—Le presento a mister Gatsby, mister Buchanan.
Se estrecharon la mano brevemente, y la cara de Gatsby adoptó una expresión de incomodidad y tensión que yo no le conocía.