El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Creo que abrigaba cierta esperanza de ver a Daisy alguna noche en una de sus fiestas —continuó Jordan—. No fue asÃ. Entonces empezó a preguntarle a la gente, como por casualidad, si la conocÃan, y yo fui la primera con la que dio. Fue la noche que me llamó durante la fiesta y tendrÃas que haber oÃdo de qué manera tan rebuscada y estudiada me habló del asunto. Sugerà inmediatamente, como es natural, un almuerzo en Nueva York, y creà que iba a perder los nervios: «¡No quiero hacer nada incorrecto! Quiero verla en la casa de al lado». Cuando le dije que eras amigo Ãntimo de Tom, estuvo a punto de abandonar la idea. No sabe mucho de Tom, aunque dice que ha leÃdo durante años un periódico de Chicago sólo con la esperanza de ver el nombre de Daisy.
HabÃa oscurecido y, al pasar bajo un puentecillo, mi brazo rodeó el hombro dorado de Jordan, la atraje hacia mà y la invité a cenar. Ya no pensaba en Daisy ni en Gatsby, sino en aquella persona sana, difÃcil, concreta, que profesaba un escepticismo universal, y que echaba el cuerpo hacia atrás, satisfecha, dentro del cÃrculo de mi brazo. Una frase empezó a martillearme los oÃdos en una especie de embriaguez: «Sólo existen los perseguidos y los perseguidores, los activos y los cansados».
—Y Daisy deberÃa tener algo en la vida —murmuró Jordan.
—¿Quiere ver a Gatsby?