El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Y ella le está muy agradecida, estoy segura —dijo otra de las amigas, sin la menor gratitud—, pero usted le ha mojado todo el vestido cuando le ha metido la cabeza en el estanque.
—Si hay algo que no soporto es meter la cabeza en un estanque —musitó miss Baedeker—. Estuvieron a punto de ahogarme en Nueva Jersey.
—Ya ve que deberÃa dejarlo —replicó el doctor Civet.
—¡Mira quién habla! —gritó con violencia miss Baedeker—. ¡Le tiemblan las manos! ¡Nunca dejarÃa que usted me operara!
Asà estaba la cosa. Casi lo último que recuerdo es que fui con Daisy a mirar al director de cine y a su estrella. SeguÃan bajo el ciruelo blanco y entre sus caras, que se rozaban, sólo habÃa un rayo de luna pálido y delgadÃsimo. Se me ocurrió que el director se habÃa ido inclinando muy despacio sobre la estrella toda la noche hasta alcanzar esta proximidad, y entonces, mientras los miraba, vi que descendÃa un último grado y la besaba en la mejilla.
—Me gusta —dijo Daisy—. Me parece preciosa.