El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Pero todo lo demás la ofendÃa, y sin discusión, porque no se trataba de una pose, sino de un sentimiento. Le repugnaba West Egg, esa «sucursal» sin precedentes que Broadway habÃa engendrado en una aldea de pescadores de Long Island: le repugnaba su vigor obsceno, que pujaba impaciente bajo los viejos eufemismos, y le repugnaba el destino desvergonzado que habÃa reunido a sus habitantes en aquel atajo entre la nada y la nada. VeÃa algo terrible en aquella simplicidad que no podÃa entender.
Me senté en los escalones de la entrada mientras esperaban el coche. Estábamos a oscuras: sólo la puerta iluminada proyectaba unos metros cuadrados de luz sobre el amanecer tenebroso y suave. A veces una sombra se movÃa detrás de la persiana de uno de los vestidores de arriba, dejaba paso a otra sombra, a una incierta procesión de sombras, que se pintaban los labios y se empolvaban ante un espejo invisible.
—Pero ¿ese Gatsby quién es? —soltó Tom de repente—. ¿Un traficante de licores a lo grande?
—¿Dónde has oÃdo eso? —pregunté.
—No lo he oÃdo. Me lo he imaginado. Casi todos estos nuevos ricos son traficantes a lo grande, ya sabes.
—Gatsby no —respondà escuetamente.
Tom guardó silencio un instante. La grava del camino crujÃa bajo sus pies.