El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Bueno, debe de haberle costado lo suyo montar este zoológico.
La brisa agitó la neblina gris del cuello de piel de Daisy.
—Por lo menos son más interesantes que la gente que conocemos —dijo con esfuerzo.
—Tú no demostrabas demasiado interés —respondió Tom.
—Pues lo tenÃa.
Tom se rio y se volvió hacia mÃ.
—¿Te diste cuenta de la cara de Daisy cuando esa chica le pidió que la duchara con agua frÃa?
Daisy empezó a cantar, a acompañar la música con un susurro rÃtmico y ronco, y de cada palabra extraÃa un significado que nunca habÃa tenido y que jamás volverÃa a tener. Cuando la melodÃa subió unos tonos, la voz se le quebró suavemente al seguirla, como suele ocurrirles a las voces de contralto, y cada cambio derramaba en el aire un poco de su magia humana y cálida.
—Viene mucha gente que no ha sido invitada —dijo de pronto—. Esa chica no estaba invitada. Se cuelan, y él es demasiado educado para protestar.
—Me gustarÃa saber quién es y qué hace —insistió Tom—. Y creo que me voy a preocupar de descubrirlo.