El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Te lo digo yo ahora mismo —contestó Daisy—. Es dueño de varios drugstores, de muchos drugstores. Los ha montado él.
La limusina tan esperada subÃa ya por el camino.
—Buenas noches, Nick —dijo Daisy.
Su mirada me abandonó para buscar lo más alto de la escalinata iluminada, donde Las tres de la mañana[19], un vals triste, estupendo e insignificante de aquel año salÃa por la puerta abierta. Después de todo, el azar de las fiestas de Gatsby entrañaba posibilidades románticas totalmente desconocidas en su mundo. ¿Qué habÃa en aquella canción que parecÃa llamarla, pedirle que volviera a entrar en la casa? ¿Qué pasarÃa ahora, en las horas turbias e imprevisibles? Quizá se presentara algún invitado increÃble, una persona infinitamente rara ante la que maravillarse, alguna chica radiante de verdad, que con una sola mirada a Gatsby, en un encuentro mágico e instantáneo, aniquilarÃa aquellos cinco años de devoción inquebrantable.
Aquella noche me quedé hasta muy tarde. Gatsby me pidió que esperara a que lo dejaran libre, y vagabundeé por el jardÃn hasta que el inevitable grupo de bañistas, helado y exaltado, llegó corriendo de la playa a oscuras, hasta que en la planta de arriba se apagaron las luces de las habitaciones para invitados. Cuando Gatsby bajó por fin las escaleras, tenÃa la piel bronceada más tensa que nunca, y los ojos brillantes y cansados.