El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Me devolvió el bono del tren con una mancha oscura que había dejado su mano. ¿Cómo podía importarle a nadie, con semejante calor, qué labios febriles besaba, o qué cabeza le humedecía el bolsillo del pijama, sobre el corazón?
Pero en el vestíbulo de la casa de los Buchanan soplaba una brisa suave, que llevó el sonido del teléfono hasta la puerta, donde esperábamos Gatsby y yo.
—¡El cadáver del señor! —rugió el mayordomo al aparato—. Lo lamento, señora, pero no se lo podemos entregar. ¡Está demasiado caliente para tocarlo en pleno mediodía!
Lo que de verdad dijo fue:
—Sí. Sí. Voy a ver.
Colgó y se acercó a nosotros, brillando de sudor, para coger nuestros sombreros de paja.
—¡Madame les espera en el salón! —gritó y, sin necesidad, nos señaló el camino. Con aquel calor cada gesto superfluo era una ofensa contra las normales reservas de vida.
La habitación, a la sombra de los toldos, era oscura y fresca. Daisy y Jordan estaban echadas en un sofá enorme, como ídolos de plata que con su peso sujetaran sus vestidos blancos frente a la brisa cantarina de los ventiladores.
—No podemos movernos —dijeron al unísono.