El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Daisy le habÃa pedido que me llamara: ¿podÃa ir a comer mañana a casa de los Buchanan? Miss Baker también estarÃa allÃ. Media hora más tarde me llamó la propia Daisy y pareció aliviada cuando supo que irÃa. Algo iba a pasar. Y, sin embargo, no creÃa que eligieran aquella ocasión para montar una escena: especialmente la escena horrorosa que Gatsby habÃa ensayado en el jardÃn.
El dÃa siguiente fue abrasador, casi el último del verano y sin duda el más caluroso. Cuando mi tren emergió del túnel, a la luz del sol, sólo la cálida sirena de la National Biscuit Company rompÃa el silencio hirviente del mediodÃa. Los asientos del tren se acercaban al punto de ignición; la mujer de al lado manchaba delicadamente de sudor su blusa blanca y luego, cuando el periódico se humedeció al tacto de sus dedos, se abandonó al calor insoportable con desesperación y un quejido desolado. El bolso se le cayó al suelo.
—¡Dios mÃo! —suspiró.
Lo recogà con una inclinación cansada y se lo devolvÃ, sujetándolo por una esquina, por la punta, y alargando el brazo, para dejar claro que mi gesto no escondÃa segundas intenciones, pero todos los que estaban cerca, incluida la mujer, sospecharon de mà lo mismo.
—¡Qué calor! —decÃa el revisor ante las caras que le resultaban conocidas—. ¡Qué tiempo! Qué calor, qué calor. ¿Les parece poco? ¿No tienen calor?