El Gran Gatsby

El Gran Gatsby

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Los dedos de Jordan, con polvos blanqueadores sobre el bronceado, descansaron un momento en los míos.

—¿Y mister Tom Buchanan, el atleta? —pregunté.

Simultáneamente oí la voz de Tom, malhumorada, apagada, ronca, en el teléfono del vestíbulo.

Gatsby, de pie en el centro de la alfombra carmesí, miraba todo con ojos fascinados. Daisy, observándolo, se rio, con su risa dulce y excitante; una ráfaga mínima de polvos rosa se alzó de su pecho.

—Corre el rumor —murmuró Jordan— de que la que está al teléfono es la chica de Tom.

Guardamos silencio. La voz del vestíbulo se elevó irritada:

—Muy bien, entonces. No le vendo el coche, de ninguna forma… No tengo ningún compromiso con usted… ¡Y no tolero, de ninguna forma, que me moleste a la hora de comer!

—Tiene tapado el micrófono del teléfono —dijo Daisy cínicamente.

—No —le aseguré—. Está negociando de verdad. Conozco el asunto.

Tom abrió de golpe la puerta, la bloqueó unos segundos con su cuerpo abundante y entró atropelladamente en la habitación.


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