El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Volviéndose a mirar, la niña, reacia, muy bien educada, cogió la mano de la niñera, que se la llevó, en el momento en que Tom volvÃa con cuatro ginebras con soda y zumo de lima que tintineaban llenas de hielo.
Gatsby cogió su vaso.
—Parecen frÃos de verdad —dijo, visiblemente tenso.
Dimos tragos largos y ávidos.
—He leÃdo no sé dónde que el sol se calienta más cada año —dijo Tom, muy simpático—. Parece que muy pronto la tierra caerá en el sol, o, esperad un momento, no, es exactamente al revés: el sol se enfrÃa más cada año. Venga —le sugirió a Gatsby—. Me gustarÃa que viera la casa.
Salà con ellos a la galerÃa. Sobre el estrecho, verde, estancado en el calor, una vela minúscula se deslizaba muy despacio hacia aguas más frÃas. Los ojos de Gatsby la siguieron un momento; levantó la mano y señaló la otra orilla de la bahÃa.
—Vivo exactamente enfrente de su casa.
—Ya.
Miramos más allá de los macizos de rosas y el césped caliente y los desechos de algas que dejaban a lo largo de la costa los dÃas irrespirables. Las alas del barco se movÃan despacio contra el lÃmite frÃo y azul del cielo. Ante nosotros se extendÃa el océano ondulado y las islas benditas y abundantes.