El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Eso sà que es deporte —dijo Tom, asintiendo con la cabeza—. Me gustarÃa pasar una hora en ese barco.
Almorzamos en el comedor, en sombra, contra el calor, y bebimos alegrÃa nerviosa con la cerveza frÃa.
—¿Qué vamos a hacer esta tarde? —exclamó Daisy—. ¿Y mañana, y en los próximos treinta años?[21]
—No seas morbosa —dijo Jordan—. La vida vuelve a empezar cuando refresca en otoño.
—Pero hace tanto calor —insistió Daisy, al borde de las lágrimas— y es todo tan confuso… ¡Vámonos a la ciudad!
Su voz luchaba y se estrellaba contra el calor, dándole forma a la falta de sentido de aquel clima.
—Tengo noticia de cuadras convertidas en garajes —le decÃa Tom a Gatsby—, pero soy el primero que ha convertido un garaje en una cuadra.
—¿Quién quiere ir a la ciudad? —preguntó Daisy insistentemente. La mirada de Gatsby voló hacia ella—. Ah —exclamó Daisy—, parece que no tienes calor.
Sus ojos se encontraron y los dos se miraron, solos en el espacio. Con esfuerzo, Daisy bajó la vista hacia la mesa.
—Parece que nunca tienes calor —repitió.