El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Le habÃa dicho que lo querÃa, y Tom Buchanan lo vio. Estaba atónito. Se le entreabrió la boca, y miró a Gatsby, y luego a Daisy, como si acabara de reconocer a una amiga de hacÃa mucho tiempo.
—Te pareces al hombre del anuncio —continúo Daisy con inocencia—. Ya sabes, el anuncio del hombre…
—Muy bien —la interrumpió Tom inmediatamente—. Estoy dispuesto a ir a la ciudad, por supuesto. Venga, nos vamos todos a la ciudad.
Se levantó, y sus ojos relampagueaban entre Gatsby y su mujer. Nadie se movió.
—¡Venga! —Estaba empezando a perder la paciencia—. ¿Qué pasa ahora? Si vamos a ir a la ciudad, ¡en marcha!
La mano, que le temblaba por el esfuerzo de controlarse, le acercó a los labios los restos del vaso de cerveza. La voz de Daisy nos obligó a levantarnos y a salir al incandescente camino de grava.
—¿Ya nos vamos? —objetó—. ¿As� ¿No podemos ni fumarnos un cigarrillo antes?
—Todo el mundo ha fumado en la comida.
—Ay, vamos a divertirnos —imploró Daisy—. Hace demasiado calor para pelearse.
Tom no respondió.
—Lo que tú mandes —dijo Daisy—. Vamos, Jordan.