El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Quedarme hubiera sido una maldición: un dÃa entero en su compañÃa ya me parecÃa bastante, y aquello, inesperadamente, incluÃa también a Jordan, que debió de percibir algo de eso en mi expresión, porque dio media vuelta, subió corriendo las escaleras del porche y se metió en la casa. Me senté un rato con la cabeza entre las manos hasta que oà descolgar el teléfono y la voz del mayordomo que pedÃa un taxi. Entonces bajé despacio el paseo con la idea de esperar junto a la cancela.
No habÃa recorrido veinte metros cuando oà mi nombre y Gatsby salió de entre dos arbustos. Yo debÃa de estar muy descentrado en ese momento porque en lo único que podÃa pensar era en la luminosidad del traje rosa de Gatsby bajo la luna.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Sólo estar aquÃ, compañero.
Me pareció una ocupación despreciable, no sé por qué. Por lo que yo sabÃa, podÃa desvalijar la casa en cualquier instante; no me hubiera sorprendido ver las caras siniestras de «la pandilla de Wolfshiem» detrás de él, en la oscuridad de los matorrales.
—¿Habéis visto algo en la carretera? —preguntó al cabo de unos segundos.
—SÃ.
—¿Ha muerto?
—SÃ.